En una etapa en la que se alude alegremente, y tal vez sin profundizar en el calado y trasncendencia que tiene, en aquello de los cambios de paradigmas, no puedo evitar evocar con frecuencia la antigua (y creo que hasta persistente aún) aspiración de mi madre del puesto seguro, su recomendación de hacerme funcionario… Tengo claro que hay mucho de instintivo en este empeño, porque el afán protector y la búsqueda de la seguridad es casi consustancial al amor maternal, y mucho más cuando la experiencia vital te permite anticipar muchas de las ventajas e inconvenientes de las opciones posibles, lo que aderezado con el conocimiento íntimo de la persona, hacen que uno se anticipe tratando de evitar trances, y aventuras o desventuras llenas de incertidumbre. Aunque siempre existe el riesgo de tratar de que el ser querido viva o soporte aquello que, principalmente, uno no querría para sí. Esto es, el “yo” y el “tú” se mezclan peligrosamente aunque el hilo conductor siempre es ese espíritu de desear lo mejor para el que te importa tan intensamente.

Pues bien, mi madre siempre tuvo esa aspiración entre suya y para mí, a la que yo correspondí de mí para ella, y con una parte de mí mismo muy concreta, fruto de la propia cultura asumida de buscar aquello más seguro, el cobijo de lo entendido como estabilidad. En el caso de mi madre durante años esa intención se concretó en remitirme todas las convocatorias de oposiciones públicas de alto nivel que caían en sus manos o detectaba en los boletines oficiales… Y así perseveró, desde que yo preparaba oposiciones hasta mucho después de decidirme por la aventura de hacer mi propio camino, de desarrollar mi idea en forma de empresa. Camino por cierto, sin precedentes en mi genealogía y sin una explicación científico-genética o de racionalidad demasiado evidente, y por tanto inesperado. En suma el despliegue de una vocación infundada pero con fundamento, anestesiada en mí pero viva, y tan llena de riesgos e incertidumbres como de pasión y osadía; tan exigente como a priori alejada de cualquier atisbo de seguridad y estabilidad. Vaya aparentemente, lo contrario a lo deseado por mi madre, e incluso por mí mismo.

Y desde ahí y desde hoy, comparto varias reflexiones -vivencias: en aquellos años de mi discernimiento vocacional más intenso la seguridad y la estabilidad tenían nombre y apellido: Función Pública; la vocación empresarial y la actitud emprendedora no formaban parte del vocabulario ni de la mentalidad educativa ni social, y el éxito se atribuía a los funcionarios de alto rango o Grupo A… Yo lo más cerca de estos “A” que he estado al final ha sido mi cercanía con mi padre, que es Grupo B, y el Equipo que era serie de culto en mi infancia… Pero trivialidades aparte, lo cierto es que parecía casi impensable otra opción que no fuese una oposición o subsidiariamente un buen puesto por cuenta ajena proporcional a la trayectoria académica del candidato. Pero hoy interiorizada la perseverancia como uno de mis valores, y en pleno desenvolvimiento de mi iniciativa, también me cuestiono lo que hoy es seguro y estable, sin pretender enfrentar el concepto filosófico o desgranar la semántica de ambas palabras.

Desde la emoción, la pasión y la ilusión, pero también desde un sentido amplio de la productividad y la eficacia, lo más seguro y estable es empeñarse en acometer aquellas experiencias y aquellos objetivos que deseamos, con los que nos identificamos, que proyectan nuestro “ser”, que tienen que ver con nuestro modo de  entender las cosas, que nos permiten actuar a nuestra manera y dejar nuestro “sello” vital o intelectual. Esa es la mayor seguridad y estabilidad, porque es el único camino en el que desfallecer o rendirse es una alternativa residual, donde la infelicidad encuentra menos fisuras por las que atacarnos… Sin embargo, y más allá de esta fundamentación más emocional, ese cambio de paradigamas abunda en presentar un contexto donde debemos construir nuestras propias seguridades, porque lo más seguro hoy es depender de uno mismo y lo más satisfactorio es poder “ser” uno mismo, haciendo aquello que desea.

Sin embargo, la legítima aspiración de seguridad en forma de tranquilidad, y de estabilidad en modo de riesgo controlado o minimizado, sigue siendo una aspiración o una necesidad, que llevamos en la “maleta” viajera, y hasta en el ADN. En mi caso, y en el de muchos empresarios, esta aspiración se nos aparece como recuerdo de aquellas palabras y recomendaciones, que en días y momentos lamentamos no atender… En otros me permito apreciarlo en el sentido de contemplar como se llega a criticar aquello que se desea y que otros han conseguido. Y en general, haciendo hoy de padre, comprendo también a mi madre y su legítima preocupación, que me retengo para no visualizarme pretendiendo lo mimos para mis hijos… Aunque entonces alzo la mirada hacia la sociedad, hacia nuestro presente y nuestro futuro, y trato de participar con esperanza en que los cambios de hoy permitan seguridades y estabilidades mañana más amplias y extensas y con más “nombres” que en el pasado. Y sobre le diré a mis hijos que vivan seguros sus sueños, que es la mayor certeza que puedo recomendarles.